Había una vez un hombre pequeño. Era grande pero pequeño. Ambicioso, pero pequeño. Quería ser grande, llegar muy muy lejos. Pero sólo era un hombre pequeño.
Sus manos eran hábiles y fuertes para trabajar, pero torpes para transmitir afecto y demasiado frías para acariciar. Y no es que no supiera acariciar, es sólo que sus caricias nunca decían nada.
Era un hombre pequeño.
Sus ojos habían visto muchas cosas, muchas luces, puertos y ciudades, colores indescriptibles, desfiles incontables; había visto tanta cosas, pero nunca vio el amor, incluso cuando lo tuvo cerca. No lo vio ni cuando creyó tenerlo.
Sus pies lo habían llevado tan lejos. A recorrer desiertos, a explorar volcanes. Lugares de sol abrasador que nunca llegaron calentar su corazón ni su alma.
Había una vez un hombre pequeño que quería llegar lejos, y sabía que iba a llegar lejos. Llegó tan lejos y a tantos lugares. Con tantas historias que contar, cargadas de tanto conocimiento. Porque le gustaba saberlo todo, conocerlo todo aunque fuera pequeño. Lo sabía todo y tenía historias fantásticas de aeropuertos y puentes y hoteles y vuelos, de tradiciones, de comida, chocolates y vientos, de música, pintores, operas y conciertos, de historia, de gente, de vivos y muertos. Historias como él, sin amantes ni besos. Historias cargadas de información, de tanta teoría llevada al ejemplo, todas perfectas, encajadas en el espacio y el tiempo. Sin pasiones, ni arrebatos, milimétricamente planeadas, sin impulsos ni versos.
Había una vez un hombre pequeño. Pequeño, pequeñito como su alma sin heridas ni huellas, perfectamente protegida, escondida en algún lugar del tiempo. Sus manos, aunque fuertes y decididas, guardaban siempre silencio. Sus labios suaves, no probaron el amor ni sintieron sus texturas. Cada vez que lo tubo en frente, lo tragó de golpe, sin al menos masticarlo o siquiera saborearlo. No conoció ni sus alegrías ni sus penas, ni sus momentos dulces, ni sus momentos amargos.
De la vida sabía mucho, del mundo sabía tanto, pero no sabía amar, al menos a nada ni nadie que no fuera él mismo. Por eso se quedó pequeño. Y sigue pequeño, esperando crecer algún día. Ojalá logre hacerlo.
Un dificil regreso...
Hace 13 años

Hermoso, hermoso en realidad. Y sin embargo ¿será tan difícil encontrar, debajo de cualquier piedrita del camino, alguien tan simple que llene tantos requisitos? Recuerdo haber quedado impresionado con historias de hombres exitosos, de mujeres llenas de lugares, ambos con ojos cansados de mirar, solo mirar, solo ojos. Y entonces, más pequeño, encontré la envidia, el deseo de tener lo mismo. Con el tiempo me encontré con mi propia vida, que no estaba lejos, en realidad. Y no tuvo la espectacularidad que podría, pero sí momentos intensos y pasiones desatadas como para unas tres mas, al menos. Me alegras con esto, frienda, porque me encuentro de pie ante un camino que sí conozco, y del que puedo decir mucho, con lágrimas por ahí, pero también con una gran sonrisa de satisfacción. ¡He vivido!
ResponderEliminarhas vivido, porque no sólo supiste mirar, porque por encima de todo ¡supiste sentir! y eso le da otro sentido a la vida ¿no?
ResponderEliminar